Bicho de ciudad

lunes, 23 de agosto de 2010
"No estoy incapacitada de aspirar, soy incapaz", pienso en plena etapa blue, de esas que nos hacen mirar el suelo mientras alguna que otra gota intenta salírsenos de los ojos. "Acá nadie se salva del dolor", repite mi cabeza a medida que las conversaciones parpadean en mi computadora y escucho a mi gente sumergida en la angustia por un ex, por uno que no quiere llegar a ser, por la familia, por la vida que se ríe a carcajadas del pobre desgraciado que, encerrado en su oficina, resuelve algunos problemas ajenos sin tener la más mínima idea de cómo tapar aquello que lo hace sufrir. "Pero al menos vos tenés oficina", le digo al interlocutor cibernético. "¡De lo que me sirve!", me dice el otro. Y todo queda en juntarnos para tomar un par de birras y adormecer los sentidos, al menos todo lo que el elixir dorado nos permita. El resto, ya se verá.


Agujero negro

viernes, 20 de agosto de 2010
Puede que se cumpla la teoría del agujero negro y que todo termine en un pozo oscuro, que todo aterrice en un lugar sin retorno. Prefiero recibir un postmaster a la simple mudez; exijo un reply con la simple palabra NO en mayúscula que la ignorancia de mi persona. Si aplico carajo, dame el placer de ser rechazada.

Destroy this City of Delusion
Break these walls down
I will avenge
And justify my reasons
With your blood.


Ahí sentada

martes, 17 de agosto de 2010


Y ella estaba ahí sentada,
con la misma pluma en la mano,
con la misma hoja rasgada en su regazo,
pero con otra historia que contar.
Con la mirada perdida en el pórtico
y en la telaraña impertérrita,
sus dedos crujen con la madera
mientras componen el relato
que supo comenzar.

Un soplo de viento

lunes, 16 de agosto de 2010
Es hora, siento que es hora pero no logro saber de qué. ¿Es tiempo de cambio? ¿Es momento de algo nuevo, o simplemente de dejar atrás lo viejo? En eso estuve pensando toda la última semana, intentando dilucidar qué causaba esa sensación rara y qué era ese peso en mi hombro que intentaba apartar con una sacudida y que volvía renovado para abrazarse de nuevo a mi espalda. Y creo que lo entendí, o al menos comprendí algo de lo que me estaba pasando por el centro de mi cabeza y que se esparcía por mi cuerpo y mis momentos.
Me enseñaste; me mostraste todo lo bueno y era momento de reconocer lo imperfecto. Mostrar la realidad es amar, reflejar como un espejo mi imagen sin distorsiones es parte de lo que me querés demostrar con cada una de esas palabras que me dolieron en un principio y que, ahora, intentan marcarme el camino para mejorar. Y sí, puedo ser muy dura; y sí, no lo sé todo; y sí, no todo se explica con el razonamiento frío y lógico que me inculcaron desde pequeña y que tanto me sirvió para encontrarle respuestas al mundo y para darle sentido a aquello intrincado ante el ojo humano. Soy todo eso, soy un manojo de prejuicios, un combo de inseguridades sentimentales, un paquete de disconformismos. Sin embargo, me sé buena en muchas cosas, todos somos buenos en algo. Y a la vez, tengo tanto que aprender...

Y para vos amor, esta canción porque You´re the one I have decided.

Internación

domingo, 18 de julio de 2010
Era de noche, sólo se escuchaba el murmullo del aire mientras parpadeaban las señales de los aparatejos médicos indicando mi pulso, oxígeno en sangre y latidos del corazón. Otra vez me levantaba entre sudoraciones y pesadillas en la habitación 227 de la clínica, con los pensamientos nublados por el rivotril y los ojos tapados por la oscuridad del lugar. Cuando despertaba siempre miraba lo mismo: controlaba que la vía conectada a mi brazo estuviera limpia, y que la sangre de mi cuerpo no haya avanzando por esos cilindros de plástico transparente en busca de su libertad. Controlaba que todo estuviera bien porque estaba harta de ser perforada por las enfermeras y sus agujas que intentaban hacer llegar a mi interior antibióticos, sueros y calmantes en una batalla encarnizada y científica contra la neumonía que había pulverizado mis pulmones hasta dejarlos hechos una esponja mustia y sin forma.
La vía estaba limpia, el reloj indicaba las 5 de la mañana y faltaba una hora para la siguiente ronda de remedios, chequeos de temperatura y presión. Levantar el brazo, extender la mano, tomar el vaso y tragar la píldora se convirtieron en un rictus cotidiano durante doce angustiosos días. Todos intentaban contentar a esa mujer que se sentía una niña, a esa joven de 25 años que experimentaba un shock lacerante a los sentidos y cuyos recuerdos regresaban como flashes oníricos cada noche de internación. Puntadas, no poder respirar, la cara de mi gente, de esas personas que me quieren y me acompañaron en la larga tertulia. Y mientras tanto pensaba en mi suerte, en mi gran suerte, porque a pesar de la agonía y del endemoniado neumococo que coartaba mi salud, yo era cuidada, querida, mimada, acompañada. Pensaba en tantos otros muertos de frío, solos, sin ayuda, afrontando cosas similares. Y entonces lloraba más, lloraba por la injusticia y egoísmo de mis lágrimas, sufría al descubrirme tan indefensa estando tan segura.
Así transcurrieron las madrugadas, con mi mano abrazada al rosario que rodeaba mi cuello y me cuidaba el corazón; con la vista fija en mi "vieja", madre, mamá, guía, que no se movió ni un segundo del lado de su hija y luchó con puños y lengua contra los incompletos informes médicos. El día se avecinaba y yo intentaba encontrarle un sentido a todas las dudas que me habían postrado en esa cama de hospital. Todavía intento encontrarles respuesta; aún pienso desde mi casa cuál es el mejor camino para transitar. Pero nunca sola, nunca sola.

J. M. reloaded

lunes, 14 de junio de 2010
En todo; te encuentro en todo y en todo te quiero ver. Adoro encontrarte en cada esquina, que lo que vimos tenga tu reminiscencia y lo que no vimos esté en mi lista de lo que nos falta ver. Que las discusiones surjan porque yo no quiero partir y otro tanto porque vos no me querés devolver. Que yo ingrese a la cocina para tomar una olla y poderte sorprender. Conocer tus costumbres y vos las mías, prepararte el café con un chorrito de leche, tres y media de azúcar y una cucharada de café. Mirarte dormido, desear tu mirada y saborear tu piel. Cruzar la línea, abrazarte bien fuerte y dejarnos ser. Que me escuches, que me enseñes y que me saques de mis cabales con una sonrisa en tu boca hasta borrarme el enojo y hacerme olvidar el porqué. Porque me cuidás, porque me dejás cuidarte y porque te siento tan adentro que da miedo, por todo eso es que te amo bebé.

Mi planta de naranja-lima

lunes, 7 de junio de 2010
No recuerdo cuantos años tenía exactamente el día que descubrí ese libro viejo y gastado entre los manuales de abogacía de mi hermana mayor. La publicación había pasado por un sinfín de trajines y leídas antes de caer en las manos de esa nena de apenas 9 ó 10 años. Lo que sí recuerdo es que las palabras de José Mauro de Vasconcelos en Mi planta de naranja-lima me penetraron, lograron tocar y retorcer todas las fibras de mi ser hasta convertirse en el primer libro que me hizo llorar. Y llorar con ganas, lagrimear al punto de querer abrazar al pequeño Zezé y consolarlo ante tanta injusticia y dolor.
La magia de Vasconcelos está en la simpleza de la narración, en su capacidad de relatar con crudeza e inocencia los hechos que lo marcaron a los cinco años de edad. La primera línea que cruza los ojos del lector -"Historia de un niño que un día descubrió el dolor…"- refleja exactamente lo que afronta el pequeño ángel "endemoniado" en su pequeña casa, a pasos de la carretera Río-San Pablo y de "El Mangaratiba", ese tren que maravilló al protagonista pero que también lo destruyó.
El tiempo pasó, pero la belleza del relato siguió apareciendo ante mí cada vez que ordenaba la biblioteca y descubría esas hojas amarillas entre obras de literatura clásica y novelas románticas. Encontrarlo era leerlo de nuevo y saborear las ocurrencias de ese pequeño que aprendió a descifrar el significado de las palabras sin ayuda; que fue golpeado hasta el hartazgo, y que quiso morir ante la mirada desviada del "Niño Jesús".
¿Qué tiene de especial Mi planta de naranja-lima? Puede que para el resto sea sólo una novela más, tierna pero sin grandes prodigios. En mi caso, algunas de sus frases quedaron grabadas a fuego en mí, como cuando Zezé le cuenta a su amado "Portuga" que va a matar a su padre y que los insultos y la venganza de nada sirven para desterrar a alguien de adentro. “Matar no quiere decir que uno tome un revólver de Buck Jones y haga ¡bum! No es eso. Uno lo mata en el corazón. Va dejando de querer. Y un buen día la persona muere”. Zezé mató a su padre bien adentro y algo de eso me pasó a mi a los quince cuando prometí en una cama y llorando que por él no iba a llorar más, que ninguna de mis lágrimas debían ser desperdiciadas. Ese día a los quince, como el pequeño brasilero a los cinco, decidí que era hora de terminar con esa ilusión y descubrí que muchas cosas nacen de la imaginación, y ahí quedan.
Hace unos días me reencontré con esta historia. En una madrugada bañada en llanto, Gloria, Jacinta, Totoca y Luis resurgieron de la mano de Zezé y Tío Edmundo. Y las letras me transportaron al pasado, ví al “Niño-Diablo” nuevamente montado en la dulce Xururuca, vislumbré la flor imaginaria en el florero de Cecilia Paim y sentí esa profunda puntada que ahora, y sólo por nombrarla, me ha vuelto a hacer sollozar.